La mayoría de los visitantes de Machu Picchu llega con los ojos puestos en la piedra: los templos, las terrazas, los muros de sillar fino y la silueta del Huayna Picchu al fondo. Lo que rodea a esa arquitectura el bosque denso que cubre las laderas, las plantas que crecen entre las juntas de los muros, las flores que asoman en los bordes de los senderos suele pasar a un segundo plano. Es un error que vale la pena corregir, porque el entorno vegetal de Machu Picchu es tan extraordinario como la ciudadela que protege y, en cierta medida, la razón por la que esa ciudadela sobrevivió intacta durante cuatro siglos.
El Santuario Histórico de Machu Picchu, la reserva natural que envuelve el sitio arqueológico, tiene casi 33.000 hectáreas de bosque montano y ceja de selva. En esa extensión se han registrado más de 2.000 especies de plantas vasculares, incluyendo más de 400 especies de orquídeas, decenas de helechos arborescentes, centenares de bromelias y musgos, y una variedad de árboles, arbustos y plantas epifitas que hacen de este lugar uno de los enclaves de mayor diversidad vegetal de toda la cordillera andina. Comprender ese entorno es comprender Machu Picchu de otra manera.
Contents
- El Santuario Histórico: una reserva dentro de una reserva
- El bosque de niebla: el ecosistema que define el entorno
- Las orquídeas: más de 400 especies en un solo santuario
- Los helechos arborescentes: los árboles que no son árboles
- Las bromelias: las plantas que crean ecosistemas
- Las plantas en la ciudadela: vida entre las piedras
- Los pisos ecológicos del santuario: de la ceja de selva a la puna
- Cuándo visitar para ver la flora en su mejor momento
El Santuario Histórico: una reserva dentro de una reserva
El Santuario Histórico de Machu Picchu fue creado en 1981 y declarado Patrimonio Natural y Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1983. Su doble condición patrimonio natural y patrimonio cultural en un mismo espacio lo convierte en uno de los sitios más singulares del mundo en términos de gestión y conservación. No es solo un parque arqueológico ni solo una reserva natural: es las dos cosas al mismo tiempo, y esa dualidad define cómo se gestiona y cómo se visita.
El santuario abarca un rango altitudinal que va desde los 1.800 metros sobre el nivel del mar en las zonas más bajas del cañón del Urubamba hasta los 6.271 metros en la cumbre del nevado Salkantay, en el extremo sur del área protegida. Ese gradiente altitudinal de más de 4.000 metros es la razón principal de la extraordinaria diversidad biológica del santuario: en ese rango de altitudes se superponen varios ecosistemas distintos, cada uno con su propia flora y fauna, y las zonas de transición entre ellos generan condiciones de microclima que favorecen la aparición de especies endémicas que no existen en ningún otro lugar del planeta.
La ciudadela de Machu Picchu está en la franja de los 2.400 a 2.700 metros, dentro de la zona de bosque montano húmedo o bosque de niebla, que es el ecosistema más rico y más visualmente característico del santuario. Es en ese ecosistema donde se concentra la mayor parte de la diversidad vegetal del sitio, y es el que el visitante atraviesa al subir al Huayna Picchu, a la Montaña Machu Picchu o al Putucusi.

El bosque de niebla: el ecosistema que define el entorno
El bosque de niebla llamado también bosque montano húmedo o cloud forest en la literatura anglosajona es el tipo de ecosistema que se forma en las laderas de montaña tropicales entre los 1.500 y los 3.500 metros de altitud, donde la presencia constante de niebla y neblina garantiza una humedad ambiental muy alta durante la mayor parte del año. En esas condiciones, la vegetación no depende únicamente del agua de lluvia: absorbe la humedad directamente del aire a través de hojas, tallos y raíces aéreas, lo que permite que plantas que serían incapaces de sobrevivir en un bosque seco prosperen en abundancia.
El resultado visual es un bosque en el que prácticamente cada superficie disponible está cubierta de vida. Los troncos de los árboles están tapizados de musgo verde intenso. Las ramas soportan colonias de bromelias y orquídeas que crecen sin necesidad de suelo, ancladas en la corteza por raíces que solo sirven de soporte. Los helechos arborescentes que pueden alcanzar entre cinco y ocho metros de altura crean una capa intermedia de vegetación entre el suelo y el dosel del bosque. En los tramos más húmedos del sendero hacia el Huayna Picchu o la Montaña Machu Picchu, ese paisaje vegetal es tan denso que en días de niebla alta da la sensación de estar caminando dentro de una nube sólida.
La niebla que da nombre a este ecosistema no es solo un fenómeno climático: es también un factor ecológico activo. El agua que las plantas del bosque capturan directamente de la niebla un proceso llamado precipitación horizontal o captación de niebla puede representar entre el 30 y el 60 por ciento del agua total que recibe el bosque en algunas zonas, por encima de lo que aporta la lluvia convencional. Las plantas del bosque de niebla están especializadas en capturar esa humedad, y las estructuras que las hacen eficientes en esa tarea hojas pequeñas, superficies rugosas, raíces aéreas densas son también las que les dan su aspecto característico.

Las orquídeas: más de 400 especies en un solo santuario
El Santuario Histórico de Machu Picchu tiene registradas entre 400 y 450 especies de orquídeas, según las distintas estimaciones de los botánicos que han trabajado en el área. Ese número representa aproximadamente el 30 por ciento de todas las especies de orquídeas conocidas en el Perú, en un área que equivale a apenas el 0,003 por ciento del territorio nacional. Es una concentración de diversidad que no tiene equivalente en ninguna otra área protegida del país de tamaño similar.
Las orquídeas del santuario ocupan todos los nichos disponibles en el bosque: desde las especies terrestres que crecen en el suelo húmedo de las laderas hasta las epifitas que viven sobre las ramas y los troncos de los árboles sin nunca tocar el suelo, pasando por las litofitas que crecen directamente sobre la roca. Esta diversidad de estrategias de crecimiento refleja los millones de años de evolución que han especializado a cada especie para explotar un nicho diferente dentro del mismo ecosistema.
El tamaño y la forma de las flores varían de manera extrema entre las distintas especies del santuario. Algunas tienen flores de apenas dos o tres milímetros de diámetro que solo son visibles con lupa. Otras tienen flores de quince o veinte centímetros con formas elaboradas que imitan insectos o estructuras vegetales para atraer a sus polinizadores específicos. El período de floración varía también por especie, lo que significa que en cualquier mes del año hay alguna especie de orquídea en flor en el santuario, aunque la mayor concentración de floración coincide con los meses de mayor humedad, entre octubre y abril.
Entre las especies más llamativas del santuario está la Masdevallia veitchiana, conocida como la orquídea del inca, una especie endémica del Valle Sagrado y zonas aledañas que produce flores de color naranja intenso con tintes metálicos violeta. Su hábitat preferido son las laderas expuestas de los Andes entre los 2.800 y los 4.000 metros, y puede verse en flor entre noviembre y enero. Es la orquídea más representativa de la región de Machu Picchu y la que aparece con más frecuencia en los materiales de comunicación del santuario.
Otra especie de presencia notable en el entorno de la ciudadela es la Epidendrum secundum, una orquídea terrestre de flores pequeñas de color rosa o magenta que crece en los bordes de los senderos y en las grietas entre las terrazas arqueológicas, y que en los meses de humedad alta puede formar manchas de color que cubren tramos enteros de la ladera. Su capacidad de colonizar suelos pobres y terrenos perturbados la convierte en una de las primeras plantas en reaparecer después de deslizamientos o desbrozados en las laderas del santuario.

Los helechos arborescentes: los árboles que no son árboles
Los helechos arborescentes son una de las formas vegetales más antiguas del planeta y uno de los elementos más visualmente impactantes del bosque de niebla de Machu Picchu. No son árboles en el sentido botánico del término no producen madera ni tienen crecimiento secundario en el tronco sino helechos que han desarrollado un tallo erguido cubierto de raíces adventicias que puede alcanzar entre cinco y diez metros de altura antes de coronarse con las frondas características de los helechos.
En el Santuario Histórico de Machu Picchu se han registrado varias especies de helechos arborescentes del género Cyathea y Dicksonia, que son los más representativos de ese grupo en los Andes tropicales. Su presencia en los tramos medios y bajos del bosque de niebla entre los 1.800 y los 2.600 metros crea una capa de vegetación intermedia que da al bosque su apariencia más característica: el tronco esbelto y escamoso coronado por un penacho de frondas que puede tener hasta dos metros de diámetro.
Los helechos arborescentes son indicadores ecológicos importantes: su presencia en buenas condiciones indica que el bosque mantiene los niveles de humedad y temperatura característicos del bosque de niebla sin alteraciones mayores. Su desaparición de un área es frecuentemente la primera señal de que el microclima local ha cambiado, ya sea por deforestación, por cambio climático o por alteraciones en el régimen de lluvias.

Las bromelias: las plantas que crean ecosistemas
Las bromelias son plantas de la familia Bromeliaceae que en el bosque de niebla de Machu Picchu ocupan los troncos, las ramas, las rocas y cualquier superficie disponible como sustrato de crecimiento. Las epifitas de este grupo las que crecen sobre otras plantas sin parasitarlas tienen la característica de formar una roseta de hojas que actúa como tanque de agua, acumulando en su centro entre uno y varios litros de agua de lluvia y de niebla que se convierte en un microhábitat para insectos, anfibios y microorganismos que no existirían en el bosque sin esa reserva de agua.
En el Santuario Histórico de Machu Picchu se han identificado más de cien especies de bromelias, entre las que se incluyen varias endémicas de la región. Algunas de las especies más grandes del bosque de niebla pueden alcanzar un metro de diámetro en la roseta y producir inflorescencias de color rojo, naranja o amarillo que son visibles desde cierta distancia. Estas inflorescencias son fuente de alimento para los colibríes que se mueven por el bosque, y la relación entre las bromelias y los colibríes que las polinizan es uno de los ejemplos más claros de coevolución entre plantas y animales en el ecosistema del santuario.

Las plantas en la ciudadela: vida entre las piedras
Dentro de la ciudadela de Machu Picchu, la relación entre la vegetación y la arquitectura es más estrecha de lo que parece a primera vista. Muchas de las plantas que crecen entre las juntas de los muros, en las grietas de las terrazas y en el suelo de los recintos no llegaron allí por accidente: son los descendientes de las plantas que los incas cultivaron en el sitio durante el período de ocupación o las especies pioneras que colonizaron el sitio cuando la vegetación lo cubrió después del abandono.
Los equipos de mantenimiento del Ministerio de Cultura realizan trabajos periódicos de control de vegetación para evitar que las plantas cuyos sistemas radicales puedan dañar la estabilidad de los muros crezcan en las juntas de la piedra. Este trabajo es una tensión constante en la gestión del sitio: demasiada vegetación puede deteriorar la arquitectura, pero la eliminación total de la cubierta vegetal en las terrazas y los espacios abiertos genera erosión y pérdida de suelo. El equilibrio entre conservación arqueológica y conservación ecológica es uno de los principales desafíos de la gestión de Machu Picchu como sitio patrimonial.
El césped que cubre actualmente las terrazas y los espacios abiertos de la ciudadela no es la vegetación original del sitio: es en buena parte el resultado de décadas de mantenimiento con siega periódica que ha favorecido las gramíneas de crecimiento bajo sobre las especies de mayor porte que dominarían esos espacios en condiciones naturales. Esa cubierta de césped es la que da a la ciudadela su aspecto ordenado y fotogénico, pero también es la que más diferencia la apariencia actual del sitio de lo que habrían sido sus espacios abiertos durante el período inca, cuando esas superficies estaban cubiertas de tierra compactada, gravilla o una mezcla de plantas de uso doméstico y ornamental.
Los pisos ecológicos del santuario: de la ceja de selva a la puna
La diversidad vegetal del Santuario Histórico de Machu Picchu no se limita al bosque de niebla que rodea la ciudadela. El gradiente altitudinal del santuario abarca varios pisos ecológicos distintos, cada uno con su propia flora característica.
En las zonas más bajas del cañón del Urubamba, entre los 1.800 y los 2.200 metros, el bosque es más tropical en su composición: árboles de mayor porte, palmeras de montaña, heliconias y una densidad de vegetación que se acerca al bosque amazónico de las zonas más bajas. Este piso ecológico es el menos accesible para los visitantes convencionales del santuario, pero es el que tiene la mayor diversidad de especies animales asociadas a la flora, incluyendo mamíferos como el oso de anteojos y el tapir de montaña que utilizan ese tramo del bosque como corredor de movimiento.
Por encima de los 3.000 metros, el bosque de niebla va cediendo gradualmente a la zona de transición hacia la puna, con una vegetación más abierta dominada por gramíneas de altura principalmente el ichu arbustos bajos y plantas en cojín adaptadas a las condiciones de alta radiación solar y temperaturas nocturnas que pueden bajar varios grados bajo cero incluso en la estación seca. La puna propiamente dicha, que en el santuario empieza por encima de los 3.500 metros, tiene una flora muy diferente a la del bosque de niebla pero igualmente diversa en términos de especies adaptadas a condiciones extremas.

Cuándo visitar para ver la flora en su mejor momento
No hay un mes del año en que la flora del Santuario Histórico de Machu Picchu esté en su peor momento, pero sí hay épocas que favorecen aspectos específicos de la experiencia vegetal. La temporada húmeda, entre octubre y abril, es el período de mayor floración de las orquídeas y de mayor densidad visual del bosque de niebla: la vegetación está en su punto más exuberante, los colores son más intensos y la niebla que le da nombre al ecosistema está más presente. El inconveniente es que la lluvia frecuente dificulta algunas actividades y puede hacer los senderos más resbaladizos.
La temporada seca, entre mayo y septiembre, ofrece menos flores pero mejores condiciones de senderismo y mayor probabilidad de cielos despejados en la cima de los cerros. En esos meses la vegetación está ligeramente menos densa, lo que en los senderos entre el bosque facilita la observación de fauna y da más visibilidad lateral. El ichu en las zonas altas florece entre julio y agosto, cubriendo las laderas de la puna con un color dorado que contrasta con el verde intenso del bosque de niebla más abajo.
Para quienes tienen un interés específico en las orquídeas, los meses de noviembre, febrero y marzo son los de mayor probabilidad de encontrar especies en flor en los senderos accesibles desde la ciudadela. La Masdevallia veitchiana florece entre noviembre y enero, y la mayoría de las especies epifitas que crecen en los árboles del bosque de niebla tienen su pico de floración en los meses más húmedos del año.
El bosque que rodea Machu Picchu no es el telón de fondo de la ciudadela: es su condición de posibilidad. Sin la humedad del bosque de niebla, sin el sistema de captación de agua que ese ecosistema garantiza y sin la cubierta vegetal que estabiliza las laderas del cerro, la ciudadela inca que conocemos hoy no habría sobrevivido cuatro siglos de abandono con la integridad que tiene. La próxima vez que los muros de piedra llamen toda la atención, vale la pena desviar los ojos un momento hacia el bosque que los rodea. Hay quinientas especies de plantas mirando de vuelta.

