Machu Picchu no es solo un sitio arqueológico. Es también un ecosistema vivo en el que la fauna no es un elemento decorativo ni un accidente del paisaje: es parte constitutiva del lugar, y en algunos casos lleva conviviendo con los visitantes tanto tiempo que ha perdido buena parte de su desconfianza hacia los seres humanos. Las vizcachas que toman el sol sobre las terrazas de piedra, los colibríes que se mueven entre las flores de los muros y el cóndor que en días favorables planea sobre el cañón del Urubamba sin parecer perturbado por nada de lo que ocurre abajo son, para muchos visitantes, momentos tan memorables como la vista de la ciudadela desde el mirador de la Casa del Guardián.
El Santuario Histórico de Machu Picchu tiene registradas más de 420 especies de aves, decenas de especies de mamíferos, anfibios y reptiles, y una diversidad de insectos que los entomólogos siguen catalogando. Este post se concentra en los animales más fáciles de avistar durante una visita estándar a la ciudadela y en las condiciones que favorecen ese avistamiento, sin dejar de mencionar las especies más notables que habitan el santuario aunque no sean visibles desde los senderos turísticos.
Contents
- Las vizcachas: los habitantes más visibles de la ciudadela
- Las aves del santuario: 420 especies en un solo territorio
- El gallito de las rocas: el ave nacional del Perú en Machu Picchu
- Los colibríes: los polinizadores del bosque de niebla
- El cóndor andino: el amo del cañón del Urubamba
- El tucán de montaña y otras aves del bosque
- Los mamíferos del santuario: los que se ven y los que se intuyen
- Las llamas en la ciudadela: domesticadas y funcionales
- Cómo maximizar los avistamientos de fauna durante la visita
Las vizcachas: los habitantes más visibles de la ciudadela
Si hay un animal que los visitantes de Machu Picchu asocian directamente con la ciudadela es la vizcacha. Este roedor andino que pertenece a la familia de los chinchíllidos y tiene un aspecto que mezcla rasgos de conejo, ardilla y chinchilla vive en las grietas y los huecos entre las rocas de las terrazas y los muros del sitio arqueológico, y ha desarrollado a lo largo de generaciones una tolerancia hacia los humanos que la convierte en el animal más fácil de fotografiar de toda la ciudadela.
La vizcacha de montaña (Lagidium viscacia) es la especie presente en Machu Picchu. Tiene un cuerpo robusto de entre 30 y 45 centímetros de longitud, cubierto de un pelaje gris pardusco que la camufla de manera casi perfecta sobre las rocas de granito de las terrazas, y una cola larga y peluda que enrolla sobre el lomo cuando descansa. Sus orejas largas, sus ojos grandes y su postura erguida cuando está en posición de alerta le dan un aspecto que muchos visitantes describen como el de un conejo disfrazado de ardilla.
La mejor hora para verlas es la mañana temprana, entre las 6:00 y las 9:00 de la mañana, cuando las vizcachas salen de sus refugios en las grietas de las rocas para tomar el sol en las terrazas. En esas primeras horas del día son muy activas y relativamente confiadas: es frecuente ver grupos de dos o tres individuos a pocos metros del sendero principal, sin que la presencia de los visitantes parezca molestarles. Al mediodía, con el sol alto y el sitio más concurrido, tienden a retirarse a las zonas menos transitadas del sector agrícola y de los recintos del extremo norte de la ciudadela.
Las vizcachas tienen el estatus de especie no amenazada en el Perú, pero dentro del santuario están protegidas por la regulación general que prohíbe perturbar, alimentar o capturar fauna silvestre. Alimentarlas algo que algunos visitantes intentan con restos de snacks es una práctica que altera su comportamiento alimentario natural y puede causarles problemas digestivos, además de ser una infracción al reglamento del sitio.

Las aves del santuario: 420 especies en un solo territorio
El Santuario Histórico de Machu Picchu tiene registradas entre 420 y 430 especies de aves, lo que representa aproximadamente el 40 por ciento de todas las especies de aves conocidas en el Perú y alrededor del 5 por ciento de todas las especies de aves del mundo, en un área de menos de 33.000 hectáreas. Esa concentración de diversidad aviar es el resultado directo del gradiente altitudinal del santuario que abarca desde los bosques tropicales bajos del cañón hasta la puna por encima de los 4.000 metros y de la variedad de hábitats disponibles en ese rango de altitudes.
Para los visitantes que no son observadores de aves especializados, las especies más fáciles de ver en la ciudadela y sus alrededores inmediatos son también algunas de las más llamativas del santuario. No hace falta ser ornitólogo para detenerse ante un colibrí de cola larga o ante un gallito de las rocas posado en una rama a dos metros del sendero.
El gallito de las rocas: el ave nacional del Perú en Machu Picchu
El gallito de las rocas (Rupicola peruvianus) es el ave nacional del Perú y uno de los animales más espectaculares que es posible avistar en el entorno de Machu Picchu. El macho adulto tiene un plumaje de color naranja intenso que cubre la cabeza, el pecho y el dorso, con alas negras y grises que contrastan de manera radical con ese naranja. En la cabeza tiene una cresta semircular permanente que le cubre parte del pico. Es un ave que, una vez vista, es imposible confundir con ninguna otra especie.
El gallito de las rocas habita los bosques húmedos de montaña entre los 1.000 y los 2.400 metros de altitud, y el entorno de Machu Picchu está dentro de ese rango. Los avistamientos más frecuentes se producen en las laderas boscosas por debajo de la ciudadela, especialmente en el camino de subida desde Aguas Calientes a pie, en el sendero que baja hacia el río Urubamba y en las laderas del Putucusi. También ha sido avistado en los bordes del bosque en el sector norte del sitio arqueológico, cerca de la Roca Sagrada.
Los machos del gallito de las rocas realizan un cortejo elaborado en espacios llamados leks, donde varios individuos se reúnen y despliegan su plumaje ante las hembras. Estos leks están ubicados en puntos fijos del bosque que los machos utilizan año tras año, y los guías locales que conocen su localización pueden llevar a los visitantes con interés en la ornitología a observar ese comportamiento, que es uno de los espectáculos naturales más notables de la región andina.

Los colibríes: los polinizadores del bosque de niebla
Los colibríes son los animales más activos y más constantemente presentes en el paisaje visual de Machu Picchu. El santuario tiene registradas más de veinte especies de colibríes, un número que refleja tanto la diversidad del ecosistema como la abundancia de plantas con flores adaptadas a la polinización por estas aves. En cualquier momento del año, en cualquier punto del sitio donde haya flores en flor, hay alguna especie de colibrí moviéndose entre ellas.
Las especies más frecuentes en el entorno inmediato de la ciudadela incluyen el colibrí gigante (Patagona gigas), el más grande del mundo con hasta 21 centímetros de longitud, que frecuenta las zonas abiertas y las laderas de mayor altitud del santuario; el colibrí de cola larga o colibrí cola de espátula (Loddigesia mirabilis), una especie endémica del norte del Perú que ocasionalmente se registra en el área, cuyo macho tiene dos plumas caudales terminadas en discos que son uno de los ornamentos más elaborados del reino animal; y varias especies del género Metallura y Aglaeactis, colibríes de tamaño mediano con plumajes iridiscentes que en los machos cambian de color según el ángulo de la luz.
Los colibríes de la ciudadela son completamente indiferentes a la presencia humana siempre que los visitantes no realicen movimientos bruscos. Es frecuente ver a un individuo alimentándose en las flores que crecen en los bordes de los muros o en las plantas de los senderos a menos de un metro de los caminantes que pasan. Esa proximidad, combinada con la velocidad de sus movimientos y el zumbido característico de sus alas que en algunas especies llega a las 80 batidas por segundo hace de su observación una experiencia que no requiere ningún equipo especializado ni paciencia excepcional.

El cóndor andino: el amo del cañón del Urubamba
El cóndor andino (Vultur gryphus) es el ave voladora más grande del mundo, con una envergadura que en los adultos puede superar los tres metros. No es un residente habitual del área inmediata de Machu Picchu su rango de movimiento abarca cientos de kilómetros pero el cañón del Urubamba es una de las rutas de vuelo que utiliza con regularidad, y los avistamientos desde la ciudadela, desde el Huayna Picchu o desde la Montaña Machu Picchu son lo suficientemente frecuentes como para que muchos visitantes lo vean durante su visita sin haberlo planificado.
El cóndor utiliza las corrientes de aire caliente que ascienden desde el fondo del cañón para planear sin esfuerzo aparente durante horas, cubriendo grandes distancias sin batir las alas. Desde las terrazas de la ciudadela o desde la cima del Huayna Picchu, ver a un cóndor adulto planeando sobre el río Urubamba a la misma altura o incluso por debajo del punto de observación es una experiencia que ningún visitante olvida. La cabeza roja sin plumas del adulto, el collar blanco alrededor del cuello y el tamaño desproporcionado del ave en vuelo son inconfundibles incluso para quien no tiene experiencia previa en la identificación de aves.
Los avistamientos son más frecuentes en las primeras horas de la mañana, cuando las corrientes de aire caliente empiezan a formarse sobre el cañón, y en los días en que el cielo está parcialmente despejado con viento desde el este. Los guías con experiencia en avistamiento de fauna en el sitio suelen saber cuáles son los puntos de observación con mayor probabilidad de avistamiento en cada condición meteorológica.
El tucán de montaña y otras aves del bosque
El santuario tiene una diversidad de aves del bosque que va mucho más allá de las especies más conocidas. El tucán andino o esmeralda de montaña (Aulacorhynchus prasinus) es una de las más llamativas: un ave de unos 35 centímetros de longitud con plumaje completamente verde y un pico desproporcionadamente grande en tonos verde, amarillo y negro que frecuenta el dosel del bosque de niebla entre los 1.800 y los 2.800 metros. Su llamada una serie de notas ronquidas y repetitivas es uno de los sonidos más frecuentes del bosque de niebla en Machu Picchu, aunque el ave en sí puede ser difícil de localizar entre el follaje.
El trogón enmascarado (Trogon personatus) es otra especie de presencia relativamente frecuente en el bosque del santuario. El macho tiene el pecho de color rojo intenso, el dorso verde metálico y una máscara negra alrededor de los ojos que le da su nombre. Como todos los trogones, tiene la costumbre de permanecer inmóvil en la misma rama durante períodos prolongados, lo que lo hace difícil de detectar pero relativamente fácil de observar una vez localizado.
Las tangaras, que en el santuario están representadas por varias docenas de especies, son las aves más vistosas del bosque de niebla en términos de densidad de color: combinaciones de azul eléctrico, rojo, naranja, negro y amarillo que en algunos casos resultan casi inverosímiles para quien está acostumbrado a la paleta más discreta de las aves de latitudes templadas. La tangara multicolor (Chlorochrysa nitidissima) y la tangara del paraíso (Tangara chilensis) son dos de las especies más frecuentemente registradas en los listados de avistamiento del santuario.
Los mamíferos del santuario: los que se ven y los que se intuyen
La diversidad de mamíferos del Santuario Histórico de Machu Picchu es notable pero mucho menos visible que la de las aves. La mayoría de los mamíferos del santuario son de hábitos nocturnos o crepusculares y habitan las zonas más alejadas de los senderos turísticos, lo que hace que sus avistamientos desde la ciudadela o desde los senderos principales sean esporádicos y dependientes en gran medida de la fortuna del momento.
El oso de anteojos (Tremarctos ornatus) también llamado oso andino o ukuku es el único oso de Sudamérica y una de las especies emblemáticas del santuario. Habita las zonas boscosas entre los 1.900 y los 3.500 metros de altitud, con una dieta principalmente vegetariana que incluye frutos, brotes, tubérculos y en menor medida animales pequeños. Su presencia en el santuario ha sido documentada mediante trampas fotográficas en las zonas más alejadas de los senderos turísticos, y los avistamientos desde los caminos habilitados son extremadamente raros. Es, sin embargo, una presencia real y constante en el ecosistema del santuario, y su conservación es uno de los objetivos prioritarios del plan de gestión del área protegida.
El puma (Puma concolor) también tiene registros documentados en el santuario, aunque con una densidad poblacional muy baja dado el tamaño del territorio y el nivel de perturbación humana en las zonas accesibles. Los rastros huellas, marcas en los árboles, restos de presas son la evidencia más frecuente de su presencia. Un avistamiento directo desde los senderos turísticos es prácticamente excepcional.
El tapir de montaña (Tapirus pinchaque) es quizás el mamífero más sorprendente del santuario en términos de contraste entre su tamaño puede superar los 200 kilogramos y su capacidad de pasar inadvertido en el bosque. Sus hábitos nocturnos y su preferencia por las zonas de mayor densidad vegetal hacen que sea uno de los animales más difíciles de ver en el santuario a pesar de su tamaño. Es también una de las especies más amenazadas: está clasificado como vulnerable en la lista roja de la UICN, y el santuario de Machu Picchu es uno de los pocos territorios protegidos de los Andes donde su población se mantiene estable.

Las llamas en la ciudadela: domesticadas y funcionales
Las llamas que pastan en las terrazas de Machu Picchu no son fauna silvestre: son animales domesticados que el Ministerio de Cultura introdujo en el sitio como parte del programa de mantenimiento de las terrazas agrícolas. Su función es práctica el pastoreo de las llamas ayuda a mantener corto el césped de las terrazas sin necesidad de maquinaria que podría dañar las estructuras arqueológicas subyacentes pero su efecto visual es también el de devolver al sitio una presencia animal que era parte constitutiva de la vida cotidiana en la ciudadela inca, donde las llamas eran animales de carga, fuente de fibra y protagonistas de los sacrificios rituales más importantes del calendario.
Las llamas de Machu Picchu están acostumbradas a la presencia humana y son generalmente tranquilas con los visitantes que mantienen una distancia respetuosa. La distancia recomendable para fotografiarlas sin perturbaciones es de al menos dos metros: las llamas que se sienten acorraladas o invadidas en su espacio pueden escupir, una defensa que puede sorprender desagradablemente a quien no lo espera. Con la distancia apropiada, son uno de los sujetos fotográficos más fotogénicos del sitio, especialmente en las primeras horas de la mañana cuando la luz lateral ilumina las terrazas desde el este.

Cómo maximizar los avistamientos de fauna durante la visita
La hora de llegada al sitio es el factor que más influye en la calidad de los avistamientos de fauna. Las primeras dos horas después de la apertura entre las 6:00 y las 8:00 de la mañana son el período de mayor actividad animal en la ciudadela y sus alrededores: las vizcachas están tomando el sol, los colibríes se mueven activamente entre las flores, las aves del bosque cantan desde los bordes del sitio y las llamas están pastando en las terrazas sin la perturbación de los grupos de tour que llegan más tarde. El mismo sitio arqueológico que a las 10:00 de la mañana está repleto de visitantes tiene a las 6:30 una quietud que favorece la observación de todo lo que no es piedra.
Moverse despacio es la segunda recomendación más importante. Los grupos que avanzan rápido por el circuito con guía generan un nivel de perturbación que hace que los animales más sensibles se retiren antes de que sean visibles. Los visitantes que caminan solos o en grupos pequeños, que se detienen con frecuencia y que no producen ruidos fuertes tienen una experiencia de fauna radicalmente diferente a la de quien recorre el sitio al ritmo de un tour de dos horas.
Llevar binoculares ligeros incluso un modelo compacto de 8×25 transforma la experiencia ornitológica del sitio. Muchas de las aves más llamativas del bosque de niebla se mueven a distancias que hacen difícil apreciar el detalle del plumaje a simple vista, y los binoculares convierten un punto de color en el follaje en una especie identificable con características reconocibles. Para los visitantes con interés específico en la observación de aves, contratar un guía ornitólogo certificado que Aguas Calientes tiene varios es la opción que más diferencia hace en términos de número de especies vistas y de calidad de los avistamientos.
La fauna de Machu Picchu no está separada de la experiencia arqueológica: es parte de ella. Las vizcachas que descansan sobre los mismos muros que construyeron los incas, el cóndor que planea sobre el mismo cañón que los sacerdotes observaban desde los templos y las llamas que pastan en las mismas terrazas donde crecía el maíz hace quinientos años son recordatorios de que Machu Picchu no es un sitio congelado en el pasado sino un ecosistema vivo en el que la historia y la naturaleza siguen compartiendo el mismo espacio.

