Llegar a la Plaza de Armas de Arequipa por primera vez produce un efecto que cuesta describir a quien no lo ha vivido. No es el impacto de una plaza grande ni el asombro ante una fachada monumental aislada. Es algo más sutil: la sensación de que todo lo que rodea ese espacio fue pensado como un conjunto, no como una suma de edificios. El sillar, la piedra volcánica color crema con la que están construidos la Catedral, los portales, las iglesias y las casonas del entorno, unifica visualmente cada elemento de la plaza bajo el mismo tono, la misma textura y la misma lógica constructiva. Bajo el sol de mediodía esa uniformidad produce un brillo casi irreal. Al atardecer, cuando la luz rasante golpea las fachadas desde el oeste, el sillar se vuelve dorado y la plaza entera cambia de carácter en cuestión de minutos.
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Una ciudad que nació aquí
El 15 de agosto de 1540 Garci Manuel de Carbajal trazó en el valle del río Chili la Villa de la Asunción de Nuestra Señora del Valle Hermoso de Arequipa. Ese nombre fundacional, que los arequipeños nunca usaron en la práctica cotidiana, describe exactamente lo que los primeros colonizadores encontraron: un valle fértil y protegido, con agua abundante, clima templado y tres volcanes como referencia visual permanente en el horizonte. La plaza fue el primer espacio que se delimitó en esa fundación, como era costumbre en todas las ciudades coloniales del virreinato, y desde ese primer día funcionó como el centro alrededor del cual la ciudad fue creciendo.
Carlos V elevó la villa a la categoría de ciudad al año siguiente, el 22 de septiembre de 1541, mediante real cédula firmada en Toledo. Ese reconocimiento aceleró la construcción de los edificios que rodean la plaza y estableció el patrón urbano que Arequipa mantiene hasta hoy: una plaza rectangular rodeada de portales con la iglesia mayor cerrando uno de sus frentes y los edificios del poder civil completando los demás.

El sillar: por qué Arequipa es blanca
El sillar es una roca volcánica porosa de color crema que se extrae de las canteras del valle del río Chili y de las faldas de los volcanes que rodean la ciudad. Es una piedra ligera, relativamente blanda y fácil de trabajar con herramientas simples, lo que permitió a los canteros coloniales desarrollar en Arequipa una tradición de ornamentación tallada en fachada que no tiene equivalente en ninguna otra ciudad del Perú.
Esa facilidad de talla produjo algo inesperado: un estilo arquitectónico propio. Los canteros arequipeños del siglo XVII, muchos de ellos de origen andino, tomaron los esquemas del barroco español y los llenaron con su propio vocabulario visual: ángeles con rasgos mestizos, hojas de acanto mezcladas con flores andinas, figuras de pumas y serpientes integradas en composiciones que técnicamente siguen las reglas del barroco europeo pero que en los detalles responden a una mirada completamente diferente. Ese estilo, que los historiadores del arte llaman barroco mestizo arequipeño, nació directamente de la combinación entre el material local y las manos que lo trabajaron. Sin el sillar no habría habido ese estilo. Sin ese estilo Arequipa sería una ciudad colonial más del virreinato del Perú.

La Catedral: setenta columnas en el lado norte
La Catedral Basílica de Santa María ocupa todo el frente norte de la plaza. Su fachada se extiende de un extremo al otro del lado más largo de la plaza con setenta columnas de capiteles corintios que dan al conjunto una horizontalidad que contrasta con las torres verticales de los extremos. La construcción empezó en 1540, el mismo año de la fundación de la ciudad, y no se completó hasta 1656. En ese siglo largo de obra la catedral sufrió terremotos, incendios y reconstrucciones parciales que fueron modificando su forma original hasta producir el edificio neorrenacentista con influencia gótica que se ve hoy.
Los terremotos de 1666, 1668, 1687 y 1784 causaron daños de distinta gravedad que fueron reparados sucesivamente. El más destructivo de los tiempos recientes fue el de 2001, que derribó completamente una de las dos torres de la fachada. La reconstrucción duró un año y en 2002 la catedral fue reinaugurada con la torre restaurada. Ese proceso de destrucción y reconstrucción repetido a lo largo de cuatro siglos hace de la Catedral de Arequipa un edificio que en cierta medida nunca terminó de construirse: siempre hubo alguna parte en reparación, algún elemento que había que rehacer después del último sismo.
El interior tiene cinco naves, un altar mayor de mármol, pinturas coloniales y el elemento más sorprendente del conjunto: un órgano traído desde Bélgica en el siglo XIX con doce metros de altura que domina visualmente el espacio desde el coro. No es habitual encontrar un instrumento de esa escala en una catedral de una ciudad de provincias y su presencia habla de la prosperidad que Arequipa tuvo durante los siglos del comercio de la lana y el comercio minero del sur peruano. El museo dentro de la catedral tiene piezas de orfebrería litúrgica, ornamentos bordados y pinturas que complementan la visita al espacio arquitectónico.

La Iglesia de la Compañía: la fachada más trabajada de Arequipa
En la esquina sureste de la plaza, separada de la Catedral por la longitud del frente sur, la Iglesia de la Compañía de Jesús tiene la fachada más elaborada y más fotografiada de Arequipa. El arquitecto Gaspar Báez la diseñó en el siglo XVII pero el terremoto de 1650 obligó a reconstruirla antes de que se completara. La versión actual es el resultado de esa reconstrucción y es la que define visualmente el estilo mestizo arequipeño en su expresión más acabada.
La fachada está completamente cubierta de ornamentación tallada directamente en el sillar: columnas helicoidales, relieves con figuras de ángeles de rasgos andinos, motivos vegetales que mezclan la acantología barroca europea con flores y frutos locales, y una composición que llena cada centímetro disponible sin producir la sensación de saturación que en otro material resultaría agobiante. El sillar suaviza los contrastes de luz y sombra entre los relieves y da al conjunto una legibilidad que el mármol o el granito no darían.
Mirar esa fachada desde la distancia de la plaza permite ver la composición completa. Acercarse hasta quedar a un metro de la piedra permite ver los detalles de cada figura tallada. Las dos perspectivas son experiencias diferentes y las dos merecen tiempo. Para quien tiene interés en la arquitectura colonial americana, la fachada de la Iglesia de la Compañía de Arequipa es uno de los dos o tres objetos más importantes del continente.
El interior tiene un altar mayor dorado con trabajo en pan de oro y capillas laterales con pinturas de influencia cusqueña. El claustro jesuita adyacente, que hoy tiene uso comercial, conserva la estructura de piedra original y permite ver la escala del conjunto que la orden jesuita construyó en ese punto del centro histórico.

Los portales: donde la plaza tiene vida
Tres de los cuatro lados de la plaza están bordeados por portales, los corredores arqueados construidos en sillar que en la época colonial albergaban el cabildo y los comerciantes y que hoy tienen cafés, restaurantes con terraza y tiendas de artesanías. El Portal de la Municipalidad en el frente del edificio del gobierno local, el Portal de San Agustín en el lado este y el Portal de las Flores en el frente oeste son los tres corredores que completan el perímetro de la plaza en los lados donde la Catedral no está.
Lo que hace a los portales el elemento más vivo de la plaza es que no son ornamentales sino funcionales: la gente los usa. A las 8 de la mañana los arequipeños toman café con vista a la plaza antes del trabajo. Al mediodía los restaurantes sacan las mesas a las terrazas. A las 6 de la tarde los grupos de viajeros ocupan las esquinas con vistas al conjunto completo y a los volcanes en el horizonte. Esa continuidad de uso a lo largo del día es lo que distingue a la Plaza de Armas de Arequipa de las plazas coloniales que funcionan como escenarios turísticos vacíos entre las visitas guiadas.

La pileta y el Tuturutu
En el centro de la plaza la fuente de bronce tiene en su punto más alto la figura de un personaje pequeño con una trompeta al que los arequipeños llaman el Tuturutu. La leyenda más extendida lo identifica con el mensajero oficial del Inca, el corredor que recorría los caminos del Tahuantinsuyo y anunciaba con su instrumento la llegada de noticias o encomiendas. Otras versiones lo asocian con tradiciones europeas del período colonial. Lo que no se discute es que la figura lleva en ese punto desde la época colonial, que fue restaurada en 1920 y que para los arequipeños tiene un valor afectivo que ningún dato histórico termina de explicar del todo.

De día y de noche
La plaza tiene dos momentos completamente distintos que merecen los dos. De día la luz del sol sobre el sillar produce esa blancura característica que le dio a Arequipa su apodo y que hace que las fotografías tomadas a mediodía parezcan sobreexpuestas aunque el cielo esté despejado. Las mejores horas para fotografiar la arquitectura son las primeras de la mañana, cuando la luz rasante del este ilumina la fachada de la Catedral con un ángulo que enfatiza el relieve de las columnas, y las últimas de la tarde, cuando el mismo efecto ocurre en las iglesias del lado sur.
De noche la iluminación artificial transforma el color del sillar de blanco a dorado y el conjunto de la plaza adquiere una presencia completamente diferente. Los portales con sus restaurantes iluminados, la fachada de la Catedral con su iluminación lateral y las torres recortadas contra el cielo oscuro crean un ambiente que muchos viajeros describen como el más hermoso del centro histórico de Arequipa. Quedarse en la plaza después de cenar, cuando el tráfico de turistas disminuye y el espacio vuelve a sus habitantes habituales, es una de las experiencias más tranquilas y más reveladoras que ofrece la ciudad.