De los tres volcanes que rodean Arequipa, el Pichu Pichu es el que menos aparece en las fotografías turísticas de la ciudad y el que menos viajeros conocen por nombre. El Misti acapara la atención por su cono casi perfecto y su visibilidad desde cualquier punto del centro histórico. El Chachani impresiona por su altura de 6.057 metros y su condición de seismil accesible. El Pichu Pichu, al sureste de la ciudad, tiene una silueta más alargada y compleja, con varias cumbres en lugar de un solo pico dominante, y queda parcialmente oculto desde los miradores más concurridos. Esa posición secundaria en el paisaje turístico contrasta con su importancia histórica: es el volcán más antiguo de los tres, tiene evidencia arqueológica de ceremonias incaicas en su cima y ofrece un ascenso completamente diferente al del Misti o el Chachani en términos de paisaje, soledad y carácter de la experiencia.
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Geología: el más viejo de los tres
El Pichu Pichu es un volcán extinto. Su última erupción ocurrió hace millones de años, lo que lo convierte en el volcán más antiguo de los tres guardianes de Arequipa y el único de la trilogía que los geólogos clasifican como definitivamente inactivo. No emite fumarolas, no está bajo monitoreo volcánico de emergencia y no tiene historia eruptiva en el período histórico ni en el prehispánico tardío.
El sistema volcánico del Pichu Pichu no tiene la simetría del Misti ni la extensión del Chachani sino una estructura alargada de este a oeste con hasta siete cumbres de alturas diferentes. La cumbre principal, llamada El Coronado, alcanza los 5.664 metros sobre el nivel del mar. Las demás cumbres del sistema tienen alturas menores distribuidas a lo largo de la cresta del macizo. El nombre en quechua, Pichu Pichu, se traduce literalmente como pico pico o cumbre cumbre, en referencia directa a esa multiplicidad de cimas que define su silueta cuando se ve desde la ciudad. Desde el Mirador de Carmen Alto en el barrio de Cayma se tiene la mejor vista del conjunto del macizo desde Arequipa.

Historia y arqueología: momias en la cumbre
Como el Misti y el Chachani, el Pichu Pichu fue un Apu sagrado para las culturas que habitaron el valle del Chili antes y durante el Imperio Inca. Los volcanes en la cosmovisión andina no eran accidentes geográficos sino seres vivos con voluntad propia, capaces de proteger o castigar a las comunidades que habitaban sus faldas. Esa condición sagrada obligaba a las comunidades a mantener una relación de reciprocidad con el volcán a través de ofrendas y ceremonias regulares.
En 1965 una expedición encontró en la cumbre del Pichu Pichu el cráneo de una niña junto a objetos de oro, plata y cerámica, confiriendo al volcán el mismo estatus arqueológico que el Misti y el Ampato. Tres décadas después, durante excavaciones realizadas en 1996 con participación de guías locales y arqueólogos especializados, se encontraron en las inmediaciones de la cumbre tres momias incas junto a restos de una plataforma ceremonial donde se realizaban los rituales. Una de esas momias está exhibida en el Museo Arqueológico José María Morante de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Los textiles, vasijas y objetos de metal que acompañaban las momias son parte de la colección del mismo museo.
Esa plataforma ceremonial en la cumbre, que los arqueólogos identifican como el punto donde se realizaban las ofrendas y los rituales de la capacocha, es uno de los elementos más singulares del ascenso al Pichu Pichu: no es un volcán que se sube solo para ver el paisaje sino uno donde el destino tiene una carga histórica que el Chachani, con todo su espectáculo visual, no tiene de la misma forma.

El nombre y la leyenda
Además de la traducción literal de pico pico o cumbre cumbre, el nombre del Pichu Pichu tiene una historia alternativa en la tradición oral arequipeña. La leyenda más difundida entre los locales cuenta que antes de que existiera la humanidad, el volcán Pichu Pichu se enamoró de su vecina Chachani. Los dioses no aprobaron esa unión y para separarlos colocaron entre los dos un soldado alto e impenetrable: el volcán Misti. La imagen de los tres volcanes como un triángulo de amor frustrado en piedra es una de las narrativas más queridas de la identidad arequipeña aunque su origen sea claramente posterior a la conquista española.
El Pichu Pichu también es llamado en algunos textos el Indio Dormido por la forma que tiene la cresta de sus cumbres cuando se ve desde ciertos ángulos, que algunos asocian con la silueta de un rostro humano acostado. Esa interpretación visual, como ocurre con todas las figuras que el imaginario colectivo proyecta sobre los cerros, varía según desde dónde se mire y con qué disposición se llegue.

El ascenso: solitario y arqueológico
El ascenso al Pichu Pichu es fundamentalmente diferente al del Misti o el Chachani en carácter y en experiencia. No tiene la infraestructura turística de los otros dos volcanes, no recibe la cantidad de visitantes que llegan al Misti cada semana y no tiene la reputación de seismil accesible que atrae a los montañistas internacionales al Chachani. Lo que tiene es un paisaje de altiplano volcánico donde la probabilidad de encontrar otros grupos de ascenso es mínima, un recorrido que pasa por la Laguna Salinas antes de llegar a las faldas del volcán y un destino en la cumbre con la plataforma ceremonial inca y las vistas sobre la Cordillera Volcánica del sur del Perú.
El formato estándar es de dos días y una noche. El primer día el traslado desde Arequipa en vehículo pasa por la Laguna Salinas a 4.300 metros, donde en ciertas épocas del año hay colonias de flamencos rosados, variedades de patos andinos y gaviotas de altura que hacen del trayecto una experiencia adicional antes de llegar a la base. El campamento se instala en las faldas del volcán y la noche a esa altitud precede el ascenso del segundo día.
El segundo día el ascenso a la cumbre El Coronado a 5.664 metros toma aproximadamente cuatro horas desde el campamento. El terreno es menos demandante que el del Misti en el tramo de ceniza final pero la altitud y el frío producen un esfuerzo equivalente. En la cumbre la plataforma ceremonial inca, los restos de estructuras de piedra y las vistas sobre el Misti, el Chachani y el altiplano andino que se extiende hacia la Laguna Salinas son el destino de un ascenso que tiene una dimensión histórica que ningún otro volcán de Arequipa puede ofrecer en el mismo punto exacto donde se llega.
El descenso al campamento toma entre hora y media y dos horas. El regreso a Arequipa en vehículo pasa por el pueblo de Chiguata y su campiña agrícola. El tiempo total de regreso a la ciudad desde el campamento es de entre dos y tres horas.
La Laguna Salinas y la fauna del altiplano
El acceso al Pichu Pichu pasa por la Laguna Salinas, un lago salino de alta montaña a 4.300 metros que forma parte de la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca junto al Chachani y al Misti. Entre los meses de noviembre y febrero, cuando los flamencos rosados llegan al lago para reproducirse, la laguna tiene una presencia visual completamente inesperada para quien no la conoce: miles de aves rosadas sobre el espejo de agua con los volcanes al fondo. En los demás meses la laguna tiene una fauna de aves acuáticas andinas, vicuñas y guanacos en los bofedales del entorno.
Esa combinación de fauna del altiplano en el trayecto de acceso y arqueología inca en la cumbre hace del ascenso al Pichu Pichu una experiencia con más capas que la mayoría de los ascensos volcánicos de la región.

Para quién tiene sentido el Pichu Pichu
El Pichu Pichu conviene especialmente a quien ya ha visto el Misti desde la ciudad o lo ha subido, tiene más de dos días en Arequipa y quiere una experiencia de montaña que combine historia arqueológica con paisaje volcánico sin la masificación relativa de los otros dos volcanes. No es el volcán más espectacular visualmente ni el más demandante en términos de dificultad física. Es el más solitario, el más antiguo y el que tiene el registro arqueológico más denso en su cumbre. Para el viajero que valora esas características sobre la altura o la popularidad del destino, el Pichu Pichu es la elección más coherente de los tres.